escribe quien no sabe de schranz
Texto publicado en Primera Línea, Octubre 2006.
Hace unos años, para hablar de techno de dureza extrema, se utilizaban expresiones como ‘chicha’ o ‘zapatilla’. Con estos palabros tan del ámbito clubber se designaba ese tipo de sonido rocoso, veloz y percusivo que podían pinchar DJs como Oscar Mulero o Dave Clarke y que iba más allá de la tradicional ‘caña de España’. Hasta que llegó ese estilo conocido como schranz y la chicha se cambió por una obesidad elefantiásica y la zapatilla por botas con puntera de hierro: allí donde se acaba el hard techno llega el schranz, el último género de electrónica de baile agresiva para la juventud con ganas de quemar adrenalina en la pista, un producto de las raves que justo ahora llega a los clubs y que mueve masas. Es el nuevo techno del pueblo, y ésta es su historia. El fenómeno. El auge del schranz es un fenómeno de la era de internet. Su difusión se ha conseguido gracias al boca-oreja que permiten las nuevas comunidades virtuales, ya sea a través de foros o portales de descargas de música, y en poco tiempo se ha tejido una red de fans que ha acogido este estilo como su género de cabecera al colmar una serie de aspiraciones grabadas a fuego en el ideario musical de la generación más joven del techno: fuerza y rabia. No hace ni dos años que se puede leer con asiduidad el nombre de marras –que en alemán vendría a significar ‘tralla’, ‘caña’ o el castizo ‘trucha’–, y hoy es el estilo que garantiza mejores afluencias de público en los clubes. Nombres como Pet Duo pueden convocar hasta cuatro mil personas –números a los que difícilmente llegan hoy vacas sagradas como Jeff Mills o Richie Hawtin–, y esa misma cantidad de gente es la que acogió el festival Montagood de Alcarrás (Lleida) en su segunda edición, celebrada el pasado mes de junio. En eventos multitudinarios como Monegros son artistas como DJ Rush o los citados Pet Duo los encargados de cerrar y dejar exhaustos a los últimos valientes que quedan en pie –un honor que antes correspondía a Misstress Barbara–, y si hablas con un chaval de dieciocho o veinte años quizá no sepa quién es Derrick May, pero será capaz de recitar del tirón la alineación de los siete magníficos del schranz: Viper XXL, Arkus P, Sven Wittekind, O.B.I., Frank Kvitta, Felix Kröcher y Robert Natus. No sólo es el schranz el techno de los más jóvenes: es también el techno que está barriendo con el techno duro hegemónico hasta el momento. Los detractores del schranz etiquetan este sonido como ‘la nueva mákina’, pero sus seguidores lo tienen claro: para ellos es ‘the new hard techno’. Y esto no ha hecho más que empezar. Cómo suena. Un tema schranz, más o menos, funciona así: entra el bombo apretando un cuchillo entre los dientes y se queda ahí quieto, clavado en una velocidad de crucero de aproximadamente 160 bpms. Y ese bombo se rodea de ruido y distorsión. Suena como una carga de la caballería o como una salva de cañonazos, y a su lado el techno tradicional –incluso el duro, que como mucho se dispara hasta los 145 golpes por minuto– parece música de ballet clásico. Se describe el schranz como pura tralla, porque es lo que es: un ametrallamiento constante de ritmos galopantes pensados para dejar sin aliento a quien los baila. Aún así, habría que distinguir entre dos tipos de schranz. Por un lado, el que se adapta en cierto modo al lenguaje del techno europeo, que viene a ser como mucho más acelerado y sucio, pinchado con el pitch hasta arriba. Y por otro, ese schranz que todavía conserva su raíz raver y exhibe una música casi humorística, en la que grandes clásicos del pop de los ochenta –estribillos de Madonna, Depeche Mode o Visage– o del sonido mainstream reciente –impagable esa versión neo-makinera del tema de “Titanic”– son reciclados en matracas rítmicas mucho más cerca de la estética del happy hardcore infantil que no de la música seria de club. Ambas formas de entender el schranz no son contradictorias, y ayudan a dibujar la postal definitiva de este género, primero como una corriente post-rave escapista en la que se ofrece caña sin descanso para quienes desean agotar todas sus energías en el fin de semana y despertarse el lunes habiéndolo dado todo, y también como un género popular y populista que, como la mákina en su día, no sólo da ruido y velocidad, sino también una reinterpretación postmoderna de la música pop a partir del reciclaje y la trituración de la música de los mayores. Aquí, ya lo ven, no hay coartada intelectual y sólo cuenta la palabra favorita de Pocholo: fiestaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah. De dónde sale. Se dice que fue el DJ Chris Liebing el primero que a este nuevo hard techno le llamó ‘schranz’ para diferenciarlo de lo que él compraba y pinchaba. Y como el artista de Frankfurt, toda esta música tiene su origen en Alemania. El schranz nace de un doble substrato: por un lado, el entorno squatter –es decir, los okupas, sus fiestas marginales dentro del circuito urbano y su vocación antisistema–, y por otro las raves al aire libre, las free parties, allí donde la introducción simultánea del speed y la ketamina –una te sube, la otra te baja– obligaba a los DJs a pinchar cada vez más duro y a evolucionar del sonido hard-tek y el hard techno hacia un punto intermedio que, más bien, es una huída hacia delante. Como decían Daft Punk, ‘harder, better, faster, stronger’. O no. Y mientras el resto de Europa se desvive por lo que sería la antítesis del schranz, el sonido minimal techno alemán, mucho más estilizado, limpio, lento y experimental, este nuevo hard techno bruto como un arado arrasa en el este de Europa, en especial en las escenas polaca, checa y húngara, con interesantes incursiones en territorios tan poco previsibles como Grecia o el norte de España, donde se ha acogido el schranz como el hilo musical hacia la salvación de la fiesta. Mientras todos los DJs de hard techno –Umek, Misstress Barbara, Adam Beyer, Marco Carola y los que vendrán– se pasan en masa al minimal, los DJs jóvenes se han aliado con clubbers recién salidos del cascarón para reinstaurar el imperio del truchón. Ritmos apocalípticos para niños con hormonas revolucionadas. Como también se ha apuntado, el equivalente actual al antiguo gabber o incluso al heavy metal. Sus DJs y su gente abusan de referencias satánicas en los títulos (“Inferno”, “Apocalypse”, “Demon”), de códigos militares (“Missile”, “Invasion”) y de referencias a la energía desenfrenada (“Aggro”, “Bang”, “Pressure”, “Cyclone”): esto es la guerra. Quién lo baila. Gente muy joven, adolescentes o post-adolescentes que no tienen el oído entrenado en otro tipo de lindezas electrónicas y a los que el cuerpo les pide energía, no sensualidad. Y, por lo que se pudiera imaginar, tampoco se trata de una escena de makineros reciclados o nuevos bakalas: la mayoría de los seguidores del schranz, siempre y cuando no dejen entrever algún tatuaje con motivos tribales y las habituales perillas de chivo, suelen ser chicos y chicas del ámbito periférico –en el caso de Cataluña, no se respira demasiado ambiente schranz en Barcelona, pero en las localidades aledañas y en provincias hay afición considerable–, de buena familia, que visten bien y se toman la fiesta como un ejercicio más de la edad, como ir de compras, ligar o copiar en los exámenes. Los restos de la mákina son propiedad de la clase obrera. Por supuesto, también está la otra manera de entender la escena schranz, y hay quien busca música rápida para vivir la noche con prisas y con todo tipo de estimulantes sin pensar en otro hedonismo más que el de consumo desenfrenado de drogas. Lo que ha causado, por otra parte, que ciertas raves, por la mañana, parezcan la segunda parte de “Resident evil”, pobladas de muertos vivientes con la cara morada. Pero, aunque gente mala haberla hayla, el schranz es en España más un movimiento de jóvenes que una escena de chungos. De momento. Dónde escucharlo. La escena del norte de España, la gallega y la asturiana, todavía parece resistir en sus códigos hard techno de toda la vida y aunque haya afición entre la plebe todavía no ha empezado a introducir el schranz en los clubes. Algo que sí ha ocurrido en Cataluña, que a día de hoy es el mayor centro de desarrollo de la escena, tanto en importación como en producto autóctono. Clubes como La Cova (Corbera de Llobregat, Barcelona), Blau (Banyoles, Girona) o Zoreks (Alcarràs, Lleida) mantienen una programación regular en la que es muy habitual encontrar DJs internacionales de schranz, artistas como Frank Kvitta, Pet Duo, Leo Laker u O.B.I. Por otro lado, Zoreks organiza cada año el festival Montagood, un encuentro internacional de schranz, drum’n’bass y acid-techno que pretende ser una rave comercial a escala masiva reflejo de lo que ocurre cada fin de semana en las masías, bosques y campos de la zona. Por supuesto, también los grandes clubes han entrado en el juego: DJ Rush es figura habitual en Barcelona y en el Florida135 de Fraga –también del Fabrik madrileño–, y la propia Florida135, que hasta ahora había apostado sólo por DJs como Rush, Pet Duo, DJ Lukas o Misa Salacova, ahora organiza dos veces al año sus propias fiestas schranz. Y ya se sabe: si Florida135 apuesta por algo, es porque hay mercado. Será cosa de niños, pero el schranz está muy fuerte en España. Apártense.
(por mi parte,sin comentarios....¬¬)

1 Comments:
hola guapa, he decidio visitarte por aqui a ver que se cuece, jejejej. A ver si me paso mas veces. un beso.
Publicar un comentario
<< Home